Bélgica
La I Guerra Mundial. Durante los primeros veinte años del siglo pasado la situación en Polonia era totalmente caótica, el hambre era el pan nuestro de cada día y el futuro por venir dejaba un mal sabor de boca. La gran mayoría de los judíos poseedores de ciertas destrezas, conocimientos y sobre todo hijos, salió a otros lugares en busca de cierta garantía de comodidad y de un futuro más claro. Los padres de la protagonista de esta historia, nuestra querida Fanny Poler, fueron una de las tantas familias que emigró a Bélgica, la ventaja de un nuevo idioma y el acercamiento a una idiosincrasia de mayor avanzada demostró haber sido una buena elección. Los Poler quienes por generaciones habían vivido en Polonia ahora cumplían su mayoría de edad como residentes de Bélgica. Y así llegaron al comienzo del año 39. El señor Poler comenzó a escuchar los gritos del nazismo, que a pasos agigantados se veían de venir. Junto con sus dos hermanos y para otorgar a sus cinco hijos, cuatro hembras y un varón cierta seguridad y estabilidad económica, partió para la Américas. Su llegada a Panamá fue dura, había que aprender otro idioma, una nueva manera de ser, estar y por ende de sobrevivir. Su esposa Dora quedó al cargo de sus hijos, recibió de su esposo una cierta cantidad de giros, los que supuestamente debería de cobrar a sus deudores y suponiendo en que ellos cumplirían con sus compromisos no se le ocurrió tomar otras medidas.
Viéndose urgida de dinero, Dora se dedicó a lo que sabía hacer, la costura. Durante dos años estuvo cosiendo desde su casa y con la ayuda de sus hijos, los pasamontañas para los alemanes. Con el padre según me cuenta Fanny, la correspondencia con su padre dejó de llegar, se perdió todo tipo de contacto. Ella tenía para ese entonces siete años y dentro de sus ingratos recuerdos, está el hambre que pasaron, tan sólo hacían una comida al día y había que verla para poder entender de qué se trataba, lo que también menciona era la comida del sábado, supone que los ayudaban, que la comunidad con todo y sus estrecheces metía la mano y era, como ella misma dice un día festivo, pues se garantizaba la comida de la noche del viernes y con las sobras el sábado seguía ese sentimiento de llenura. Fueron dos años donde juntos con sus hermanitos menores pasaron como ya dijimos, hambre y necesidades. Al final de este período, la madre viendo lo que sucedía con otras familias y sin tener a quien consultar, decide llevar a sus hijos a un convento, y se los entrega a las monjas. Ese día ella había llegado a un punto de no retorno, se había enterado por su acceso a los alemanes que al otro habría una razzia, se los llevarían a todos a un campo de seguro exterminio. Ante la muerte, prefirió sacrificarse ella sola y tratar de salvar a los pequeños. Al recibir a sus hijos, Dora pudo hablar con una de sus niñas, no con la menor que ya estaba en los dormitorios y le dijo algunas palabras, algunos consejos y en especial indicaciones que no mencionaremos, algunas de ellas, se perdieron en el espacio que ocupa el tiempo y desplaza a la memoria, otras, por desgracia, fueron imposibles de cumplir.
Los niños, nos cuenta Fanny, dejaron de sentir ese hambre acostumbrado, de allí en adelante ingerían dos y tres comidas al día, aprendieron el orden y la práctica de la sumisión de una manera casi enfermiza. El pedimento de una madre sin salida, como que hizo huellas en las monjas pues estas se ocuparon de cuidar y atender a un total de quince niños judíos.
La invasión alemana dio comienzo en pueblos, ciudades y países enteros, ellos dejaban en claro que sus ambiciones eran totales, así una tras otras iban cayendo los pueblos, hasta que le llegó el momento a Bélgica. Los judíos fueron primero obligados a portar la Maguén David, más tarde ellos, los alemanes dieron comienzo a la ordenada y ya conocida deportación hacia los campos de exterminio.
Los cinco hermanitos estaban en el convento, en total pasaron dos años protegidos por las monjitas, ellas lograron de cierto modo darles un poco de ese calor familia que tanta falta les hacía, pues ya sabemos que su padre había emigrado para América y la madre llegó a su destino en Auschwitz, de ella, los niños recibieron tan sólo una postal que les llegó muchos meses después de haber sido deportada, se supone que ella la lanzó por una ventana del tren alemán y que alguien, de seguro alguna vecina de la familia, llevó al convento. En ella les decía de que volvería por ellos y que las mermeladas que había dejado en la despensa de su casa, las repartiera entre las vecinas. La postal había llegado con unos meses de atraso. Según nos dice Fanny la vida en el convento era tediosa, aburrida, repetitiva y para colmo de males a los niños con la excusa de que era razón de vida o muerte, primero las monjitas lo bautizaron a todos y luego los comulgaron. En total habían como dijimos quince niños que habían en el convento y sabemos que una de ellas, continuó con ella hasta llegar a ser más tarde, la hermana María. Al increparle por el trato recibido Fanny dejó claro que de ellas agradecen en primer lugar, el haberles salvado la vida y luego la disciplina y el orden que de ellas adquirió.
Una mañana llegan los nazis, irrumpen como era su costumbre cargados de armas, con perros pastores, los hacen ir a la parte central, levantan un conteo y descubren los soldados, que sólo había trece niños, de inmediato imparten órdenes a la superiora y le dicen que volverían al otro día, que debían estar todos y que ellos vendrían para llevárselos. Fanny con doce años sabía lo que les podía suceder, un temor mortal se apoderó de ella, temía por sus hermanos, pensaba en su madre y en lo molesta que estaría, al saber de su conversión al cristianismo y la de sus hermanitos. Con todo y ello, el orden y las costumbres no se rompieron y a las seis de la tarde a la misma hora de siempre, todos se fueron a dormir. A eso de las diez de la noche, fueron despertados todos de sobresalto, unos hombres encapuchados habían penetrado en el convento, los conminaban a permanecer callados y con gran sigilo fueron secuestrados, los niños no podían entender lo que le estaba sucediendo. Era algo inesperado además de ilógico. Con el paso de los días se enteraron que habían sido salvados. Que esos secuestradores encapuchados eran judíos de la resistencia, que atendiendo el llamado de la hermana superior y para que nadie pudiese reconocerlos, se prestaron para que esa misma noche los encapuchados se llevasen a los niños. Una vez cumplido el primer paso, los niños fueron repartidos a distintos hogares de gente no judía que a cambio de una pago mensual, se encargaron de ocultarlos durante más de un año.
Se supo que al llegar los alemanes al otro día, ellos no creyeron el cuento del secuestro e hicieron con las monjas todo aquello que se les antojó, entre otras cosas, las maltrataron y golpearon, todo fue inútil pues ellas en verdad desconocían el paradero de los niños o mismo el de los secuestradores. Había funcionado el plan aunque a costa de su propio dolor y sacrificio.
Pasó la guerra y casi dos años más tarde, el papá de Fanny, quien daba por muertos a todos sus hijos, luego de enterarse de que sus padres habían logrado sobrevivir. Ellos habían pagado a unos enfermeros y a unos médicos, para que los trataran como enfermos terminales y pasaron años en el hospital. Al encontrarlos sanos y salvos, siguió las pistas que lo condujeron afortunadamente y vivió el milagro de poder rescatar a sus cinco hijos a salvo. De allí a Venezuela y una vez en esta tierra de bendiciones, en este país tan generoso se establecieron y de ellos brotaron nuevos frutos que hoy están esparcidos en varios continentes.
Mi pregunta, quizás un poco tardía ¿Cuántos de nuestros niños están donde deberían estar? ¿Cuántos y cuándo, mi pueblo los podrá recuperar?
Samuel Akinín Levy